Tiempo perdido, tiempo ganado
Habían pasado meses desde que se mudó al nuevo loft. Lo había hecho por despecho, porque deseaba olvidar todo lo acontecido en aquella maravillosa terraza del último piso de una de las calles estrechas del Born. Amaba a ese barrio y a esa gente que, en bata, era capaz de movilizarse para recoger el pan o el periódico. Estaba claro que la zona tenía encanto. Un encanto que olía a bohemio, a antiguo, a tradición. A todo aquello que siempre había soñado desde la infancia. ¡Ojalá hubiera nacido en el Montmartre de París!, pero no. Se tuvo que conformar con la comadrona que la empujó para ver el mundo a través de una de las roñosas ventanas del Born.
Lo dicho. Tras un tiempo de independencia, se dio cuenta que debía cambiar de lugar. Aquél ya no era su sitio. Y aquél vecino tan simpático con el que coqueteó durante años, tampoco era ya alguien de su gente. Tanta pasión entre pasillos y terrazas… tanta intensidad, para nada. Reconocía haber creído que un buen día amanecería junto a él y formarían una familia. Sí, yo la llamaba incrédula (a pesar de que a ella le desagradara mi franqueza). Entre algunas de las cajas de la mudanza se encontró con recuerdos del pasado que le ayudaron a entender mejor su historia de vida. Su recorrido había sido sencillo. Siempre con una sonrisa por delante y con nuevos proyectos que abrían puertas insospechadamente intrépidas. Lo que no sabía es que, algún día, esas puertas se irían cerrando por las propias fronteras. Y esto estaba empezando a ocurrir.
Me llamó para corroborar que los planes seguían en pie. A las diez donde siempre, como siempre y con los de siempre. Se preocupó por la ropa, por el maquillaje y por todo lo demás. Estaba llena de tonterías y sandeces. Bobadas que procuraban hacerle perder el tiempo y recordarle su pasado. Pasado que relució de nuevo al encontrar en una de las cajas polvorientas de la mudanza un estúpido calendario que le recordó el tiempo perdido y el tiempo ganado…
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