Pobre aprendiz y paupérrima aprehendiz
Llegué cansada de toda la jornada pero sabía de debía hacerlo. preparé un té negro y encendí la pequeña lámpara de la habitación. abrí el libro y empecé a leer. nunca me ha gustado dejarme imbuir por las novelas a media noche, prefiero los trayectos de metro, tren, autobús e incluso ir caminando por la calle y tropezar con líneas interesantísimas de autores recónditos. adoro a la gente que lee por la calle, siempre me han resultado personas dignas de ser conocidas. adoro también a la gente que lee en el metro un buen libro, una Ana Karenina o del estilo. a ellos y a ellas les adoro un poco más (porque parece que hasta tienen buen gusto literario).
recapitulo. encendí la lamparilla y sólo vi una palabra entre tantos párrafos: aprehender. la mente viajó sola, y se llevó al corazón. me vi en mi primer año de carrera, entre apuntes, incertidumbre y nerviosismo. entraba en la universidad y no sabía lo que significaba aquella palabra, ¿estaría mal escrita? aprender era el proceso de adquirir habilidades, conocimientos, valores, a través del estudio o la enseñanza. yo aprendí a montar en bici, a memorizar las maravillosas poesías de Miguel Hernández…, pero no sé si llegué a entender y a asimilar todo eso de manera inmediata (es decir, si también las aprehendí).
imaginé que el chalado de Aristóteles me tomaba de la mano. me agarré fuerte del pensamiento occidental. debía hacerlo para entender lo que significaba aquél vocablo: aprehender a través de la experiencia…
sí; a lo largo de mi vida he aprehendido muchas cosas. respiré profundamente y sentí que era una de mis palabras favoritas. me di por satisfecha. cerré el libro y me dispuse a soñar.